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Empujo, abrazo y beso

Empujo, abrazo y beso Hace unos años monté una copisteria con una amiga, Susana. Yo tenía en mente una heladeria, así que un dí...

viernes, 27 de julio de 2018

Empujo, abrazo y beso


Empujo, abrazo y beso



Hace unos años monté una copisteria con una amiga, Susana. Yo tenía en mente una heladeria, así que un día entre sus planes y los míos decidimos hacer un local de copas. Algo mono, atrevido y sobretodo con música de cualquier época.

Había muy buen rollo y llevabamos varios años con los proveedores, desde nuestros inicios. De hecho pedimos que si era posible siempre nos mandasen los mismos repartidores si estaban disponibles, ya que Susana era muy paranoica y enseguida entraba en psicosis. La última vez que vino un repartidor nuevo de refrescos, que estaba suplandando al habitual, tuve que salir del almacen en pleno brote de ella. Casi le faltaba la peluca y cuchillo en mano para parecer Norman Bates.Todo por que le sonrió un poco más de la cuenta y le pidió su número de teléfono.

Por suerte, Raúl, que era su encargado y nos conocía desde los inicios entendió lo que le expliqué. Lo adorné un poco, claro, y le puse enfermedades que no tenía, también, pero todo fue por una buena causa. No perder el proveedor habitual por que luego buscar uno me lo encasquetaba a mi y no tenía tiempo ni de rascarme un sabañón.

Susana tenía sus cosas, era muy peculiar, un poco loca, alegre, simpática... siempre tenía una sonrisa amable para nuestros clientes y eso era muy agradecido en nuestro tarro de propinas. Además, éramos las únicas mujeres del local y teníamos un par de camareros que siempre iban y venían con otros.

Cabe decir que nos costó mucho arrancar en un bar de la noche siendo dos mujeres que de la nada decidieron hacer un negocio, solas, sin ayuda de nadie. Y es que la hostelería nocturna con mujeres al cargo sigue siendo a veces un tema tabú y mal interpretado.

Nuestro local era muy "dinámico", no sabría encontrar otra palabra. Además ofrecíamos sesión de baile a lo "Bar Coyote". Éramos buenas bailarinas y nuestro público casi siempre solía ser de hombres. Nunca pensamos en contratar otras mujeres por que, aquí entre nos, yo sabía los problemas que podría acarrear. De hecho una de nuestras normas era no dejarse tocar por los clientes. Y dudo mucho que eso lo respetasen todas siempre.

Nuestro lema "Noches de desenfreno, mañanas de ibuprofeno" era muy común en nuestro día a día. Aquella mañana me levante con un tambor tocando el paso de semana santa en mi cabeza. Juro por todos los santos habidos y por haber que quise cortarme la cabeza poniéndola en el borde de la ventana. Me acosté a las 6 de la mañana con una japuana del quince. La ronda de chupitos con José se me fue de las manos y esta vez no controle mucho que digamos y acabé siendo llevaba a casa por Susana, con la cual también compartía casa. Parecíamos siamesas.

  • Joder, Raquel... que asco das. - Me dijo cuando me vio por la mañana a las 11 salir de la habitación.
  • Yo también te quiero. Con todo mi alma. - Refunfuñé llevándome las manos a la frente y apretándome la cabeza mientras engurruñía los ojos. - Me quiero morir.
  • A quién se le ocurre bebérselos de verdad, so loca. - Se fue al mueble de la cocina y sacó un tarro de pastillas. - Sabes que si no lo echamos tenemos que tragar más de lo que podemos soportar.
  • Eso ha sonado a porno del guarro.
  • Dios. - Me pasó un vaso de zumo de naranja. - Estás enferma. Tienes que ser una adicta al porno de esas.

Ambas opinabamos igual de la otra, pero por diferentes motivos. Ella estaba enferma de la cabeza, con su psicosis crónica no diagnosticada.

Me volví a meter en la cama y me dormí hasta las 5 de la tarde, cuando me levanté estaba algo mejor, pero el run run de mi cabeza seguía dando fuerte, así que a las 8 de la tarde cuando me fui para el local a ir preparando la apertura, me tomé un par de pastillas para el dolor de cabeza y me llevé otras en el bolso, por si acaso.

Un rato despues de abrir, y dejar la persiana aún medio echada, llego Fran y Alberto, los camareros. Ya teníamos la cristalería en orden de fila, todo preparado, todo limpio y colocado. Algo que habría dejado Tere por la mañana, la única mujer que permitimos como personal del bar, la limpiadora que contratamos. Trabajamos toda la noche, llegamos reventadas y lo último que nos apetece es limpiar ese circo por la mañana.

La noche se acercaba, la persiana se subía y una nueva clientela y habituales llegaban al SusRa Ugly, que así se llamaba nuestro local. La música se escuchaba desde la esquina de la calle y ya retumbaba media manzana con ella.

Miré el reloj y habían pasado ya unas horas, las 23, hora punta allí.Todo estaba hasta arriba, pronto empezaríamos el baile nocturno.

Llegó José, se sentó en la barra en su sitio de siempre y se pidió un Jack Daniels con hielo.

  • Te veo mala cara. - Cogió el vaso que le puse. - ¿Mala noche?
  • Estupenda. Cuando quieras repetimos.
  • Raquel, no empieces. - Gritó Susana a través del burullo haciéndome un gesto con la mano. - Que luego tengo que ir al fisio por tu culpa.
  • Bah. - Chasqueé la lengua.
  • No te piques, chica.

Eso me llegó al alma. Mi ego tenía una mecha muy corta y se encendió. Cogí dos vacos de chupitos, una botella de vodka y la puse sobre la barra.
  • Si te empeñas. - dijo José cogiendo su chupito. - Salud.
  • Salud. - Pensé en nuestra treta para beber más, pero me parecía muy ruín. Beber el chupito y darle un buche a una botella donde, al contrario de beber más, lo echabamos.
Cada una teníamos una eh, a ver que pensamos. Era nuestra botella especial. Los clientes a veces nos invitaban a copas que sencillamente no podíamos rechazar y no podíamos con tanto alcohol.
Bebí uno, dos, tres y el cuarto ya me estaba sentando regulinchi.

Las 23:30, la hora del show. Nos subimos a la barra y empezó a sonar Huggin ¬ kissin de Big Black Delta cuando entro por la puerta alguien que llamó mi atención. Alguien que había visto dos noches atrás, alguien que me hacía fijarme más de la cuenta en detalles tan insignificantes como un piercing en la ceja. ¿Desde cuando me importaban a mi los piercing de alguien?

Se puso en primera fila cuando Susana y yo empezamos a bailar juntas. Espalda con espalda nos moviamos lentamente agarrando nuestras manos y pasandolas por el cuerpo de la otra. Claramente en un acto de provocación y de insinuación lesbica.

Bajé de la barra, me acerqué a él y algo me impulsó a bailar casi pegándome a su cuerpo. Cerré los ojos, subí las manos y las bajaba lentamente por mi cuerpo, acariciándome de arriba abajo como si no hubiera nadie más, bajando la cremallera de mi camisa lentamente hasta dejar entreveer un sujetador de encaje negro. Me di la vuelta, pegué mi culo a él y me agaché, subiendo lentamente mientras me acariciaba el pelo, moviendo la cabeza en un golpe de melena. Volví a bajar, restregándome cuanto pude con él. Sonrió, sonreí. La chispa brotó.

No me quitaba ojo cuando empezó a sonar Capsize, del mismo grupo que el anterior. Sus manos se aferraron a mis caderas y me apretó contra él. Susana se dio cuenta y leí en sus labios un "Eh", pero la frené. Este era mi momento.

Se hizo un corrillo a nuestro alrededor y entre miradas de gente yo seguía bailando, al ritmo de la penetrante música, esas notas que me llegaban tan al fondo que me cortaba la respiración. Puse la mano en su pecho y la deslicé hasta abajo, sin llegar a su paquete, que empezaba a notarse. Me agarró la muñeca y me puso las manos en su cuello, me sujetó del culo y me pegó contra él. Se movía en semicírculos mientras trazaba la melodía psicodelica, restregándonos, casi follándonos con la mirada y con el cuerpo en un baile de lo más provocativo.

Me aparté empujándolo cuando la canción acabó, fui a la barra a beberme un chupito de los que tenía con José cuando lo sentí en mi espalda. Me tocó, le aparté. Le ignore, golpe de melena y me fui dentro de la barra para servir antes de volver al show. Estaba sonando Betamax, cuando se acercó a mi a través de la barra, me cogió del brazo y me gritó en el oído que le pusiera un Larios solo, con hielo.

Cogí el vaso, eché los cubitos casi en el aire y lo puse frente a él, me di la vuelta para alcanzar la ginebra, sintiéndome observada, y cuando me di la vuelta lo pillé mirándome. Le serví el alcohol entre varios malabares innecesarios y me hice la tonta atendiendo a otros.

Ahí estuvo un rato hasta que desapareció tras cobrarle Fran. Aquella noche perdí ante la ronda de chupitos legalmente y acabé por pillar mi botella de los buches. El se fue tan ancho a eso de las 2 con unos 10 chupitos como si nada y yo me quede ahí, triunfante por fuera, dolida por dentro. Si bebía más con el alcohol de mi cuerpo y la calor ardería en el acto.

La gente empezaba a irse, eran las 4 cuando el local empezaba a quedarse vacío, siempre quedaban un par de tocapelotas que nos hacían cerrar más tarde de la cuenta. Los camareros se fueron, quedábamos yo y Susana. Sonaba RCVR cuando estaba sentada en la barra haciendo unas cuentas para cuadrar las nóminas de ese mes de los camareros y escuché la puerta abrirse. "Esta cerrado" Grité. Vi a Susana salir de la barra y sentarse a mi lado "Pero mira quién es", me giré. Era el chico con el que había bailado.

  • Estamos cerrando, lo siento. - Me giré otra vez a lo que estaba haciendo. - Vuelve mañana a la hora habitual.
  • He venido a verte a ti. - La chupa de cuero negra, la camisa oliva debajo abierta dejaba ver una camiseta de Metallica, todo esto con unos vaqueros raídos y desgastados.
  • ¿Perdón? - Me giré bruscamente como si no hubiera oído bien. - Tu dirás.
  • Puedes bajar la música y – Miró a Susana que miraba la escena atónita. - ¿podría ser a solas?
  • No. - dijo ella automáticamente.
  • ¡Susana! - Me quejé. - déjanos.
  • Estoy en el almacén, si necesitas algo avisa.

Debo reconocer que me daba un morbazo brutal, tan desaliñado, tan macarra, tan misterioso... ¿qué querría de mi? ¿Por qué volvía? Era evidente, pero era tan poco habitual como imposible, que no lo pensé. Estas cosas no me pasan a mi.

  • Llevo días observándote. - dijo sentándose a mi lado, y hablando en susurros.
  • ¿Y? la gente nos observa, es nuestro trabajo, distraer a los clientes es parte del número que ofrece este local.
  • Creo que no me entiendes. - Me apartó el pelo de la cara y puso esa misma mano en el muslo. - O es que no quieres percatarte de ello.
  • No te confundas. - Mentí como una bellaca. - Es parte del número.
  • Se leer. - Apuntó con el dedo el cartel de "no se permite tocar a las camareras". ¿Por qué me has dejado?
  • Yo que sé. Me vine arriba por el momento.
  • ¿Sabes? - Sacó su móvil y puso la canción de Huggin & kissin. - Adoro esta canción.
  • Ya, y yo. - Se acercó más a mi.
  • ¿Podríamos quedarnos a solas en el local? - Preguntó en mi boca.
  • No. - Respondí tajante.
  • No te haré daño.
  • Nadie me dice a mi que no seas un loco psicópata.

En ese momento salió Susana del almacén con cara de pocos amigos, brazos en jarras y dispuesta a darnos un espectáculo de brote psicótico ahí mismo.

  • Ya vale Susana, no pasa nada. Vete a casa, más tarde iré yo.

Tras muchos peros, advertencias, amenazas de muerte, y posibles maneras de morir bajo las manos de ese tío, se fue y nos dejó a solas.

    - ¿Ahora qué?

Se relamió los labios, se levantó de la silla y con un gesto con la mano y la cabeza preguntó si podía entrar en la barra e ir hacía el equipo de música. Asentí. Vi que sacaba su móvil y lo conecto mediante el cable que siempre dejaba Susana puesto, seleccionó su lista de Spotify y sonó Make It Wit Chu, de Queens Of The Stone Age. Este tío tenía mi jodido gusto musical. ¿De dónde coño había salido?. Se puso delante de mi, de pie, mientras yo me mantenía sentada y me acercó la mano a la cara. Me cogió la mandíbula "¿Qué tienes? Desde que te vi no dejo de escuchar en bucle estas canciones que me hacen pensar en ti". Durante un momento todo eso me excitó, me atrajo, me elevó el ego y me halagó a niveles desorbitados. Pero cuando lo pensé después en frío... joder, sonaba al puto psicópata que describía siempre Susana. La cual era una feminista un pelín extremista.


  • ¿Cómo te llamas? - Preguntó acariciando mi cara.
  • Raquel. - Respondí hipnotizada por la música y su mirada, su tacto.
  • Me escucharás decir tu nombre cuando te folle.

Quieto parao. ¿Cómo que cuando me folle?. ¿De donde saca este señor....? sentí su mano por mi cuello, apartando el pelo, deslizándose por mi clavícula, tirando con un dedo de la cremallera de la camisa que empezaba a ceder. Yo no podía moverme, sólo sentir un cosquilleo y tragar saliva mirando el rumbo de su dedo y sus manos... entonces la música acabó, para empezar nuestra canción. Huggin and kissin, desde aquella noche fue nuestra canción.

Yo llevaba una cantidad considerable de alcohol encima, me era fácil dejarme llevar. Sus manos sabían que teclas tocar para que yo cediera fácilmente. Acercó su boca a la mía, olía a ginebra, me besó, la amargura del alcohol me recorrió toda la lengua. Puso sus manos en mi cintura y me levantó, dejándome sentada en la barra y tirando todos los papeles que había en ella. (Sí, como en las películas).

Me abrió la camisa y dejó mi sujetador de encaje a la vista, estiró el brazo y cogió la cubitera que aún tenía unos cuantos cubitos bailando entre el agua de los que se derretían, la subió a la barra y cogio uno, lo puso en su boca y se subió encima de mi, colocándose entre mis piernas.
Con el hielo en su boca lo fue deslizando por mi boca, lentamente, por mi cuello, mientras con sus manos desabrochaba mi pantalón y abría la cinturilla.

Me arqueé y me quitó la camisa y el sujetador. Mis tetas se quedaron libres y metió su cara entre ellas. ¿Por qué pensar? Me dejé llevar. No sería ni la primera ni la última persona que folla con un desconocido.

El hielo se deshizo, pero cogio otro, esta vez pintó como en un lienzo, con el, como decía la canción "Todo en un lienzo". La calor de mi cuerpo, el subidón de alcohol, iban evaporando ese cubito que ahora deslizaba entre mis tetas y descendía con él por mi vientre, dejándolo sobre mi ombligo. Cogió otro, y lo llevó en sus labios hasta mis pezones, haciendo pequeños círculos con el hielo en ellos, poniéndolos fríos y duros como piedras. Podría tallar cristales con ellos.

Giré la cabeza y a través del cristal que estaban tras las botellas podía ver la escena del erotísmo puro. El sobre mi, que se acababa de quitar la parte de arriba, sin nada en ella, deslizando un hielo mas por mi cuerpo, hasta que llegó a la parte baja de mi vientre y lo dejo ahí.

Agarró con los dientes el filo del pantalón y tiró con sus manos y con ellos hacía abajo. Despojándome de la ropa me dejó en bragas, unas minúsculas bragas de encaje negro que me quitó con su boca y deslizó por mis piernas hasta dejarlas colgando de uno de mis tobillos.

Subió con sus manos por mis piernas, pasando la lengua desde abajo arriba mientras la música de fondo seguía sonando. Todo era muy embriagador, la melodía, la letra, el deseo, el calor, la excitación, el morbo de que alguien llamase y entrase... se detuvo en mis muslos y mordiéndome la parte interna de ellos me cogió mi sexo con la boca. Agarré su cabeza, le miré, y me apreté contra él. Subió lamiendo el hielo derretido hasta dejarme sin una gota de agua en el camino. Se detuvo en mis pezones, los que lamía, y daba toquecitos con la punta de la lengua, lo pillaba entre sus dientes y tiraba. Una descarga eléctrica me recorría entera y me hacía estremecerme.

Lo abracé con mis piernas por la cintura, le tiré del pantalón desabrochando el botón y le incité a que lo bajara. Me incorporé y lo tumbé yo a él al otro lado de la barra. Le bajé los boxer pegando mi cara a su erección y al sacarla me rozó la boca. Cerró los ojos y echó la cabeza hacía atrás. Gimió, suspiró, me agarró de los pelos y me miró fijamente un momento antes de volver a cerrarlos.

Lamí, de abajo arriba, haciendo círculos con mi lengua en la punta de su polla, volvía a bajar, me la rozaba por los labios, metía en mi boca sólo la punta hasta que sin aviso me la metí entera, hasta la garganta y movió sus caderas, clavándomela más. Volví a sacarla, la acaricié con la mano y la boca y me puse sobre él, a horcajadas. Apoyé mi mano en su pecho y me senté sobre su erección, la que cogí con la mano y me la metí despacio sin dejar de mirarle, mordiéndome el labio. Me agarró una cadera con la mano, con la otra un pecho, apretando tanto que casi me dolía.

Mi carne se abría para él, lentamente, sólo meti un poco, la volví a sacar, rozándome la entrada con su punta, volvía a meterla, sacarla, sin llegar a introducirla entera, hasta que necesité más, me la puse en la entrada y me senté sobre ella de una vez, metiéndola hasta el fondo.
Abrí la boca, gemí, empeze a moverme de arriba a abajo, primero despacio, luego más deprisa, hasta que me tuvo que agarrar los pechos por que sentía que con el movimiento se me iban. No podía aguantar mi ritmo, necesitaba llevar el control así que me agarró por las caderas y dándome embestidas desde abajo me penetró duramente. Sacando y metiendo cada vez mas bruto, mas duro, mas desesperado.

Clavé las uñas en su pecho, y la otra mano la llevé a mi sexo. Me estremcí al tocarme, empecé a hacer movimientos rápidos, en círculos, mientras él me penetraba, estaba apunto, un poco más, mas fuerte, más rápido, así... "Dios, no pares " dije abriendo la boca y gimiendo sin control, "tenía tantas ganas de follarte que no me cansaría nunca de verte así, derretida en placer". Susurró mientras la música cambiaba y ya no era consciente ni de lo que sonaba, sólo de que estabamos follando como posesos. "Me voy a correr" aventuré a decir. "Hazlo. Correte para mi, Raquel, pero mirame cuando lo hagas, quiero ser consciente del placer que te estoy dando". Y esas palabras me catapultaron al orgasmo en cuestión de segundos. Me estremecí, disminuí el ritmo y me contraje con su polla en mi interior, clavando las uñas en su pecho y haciendo un pequeño arañazo que sangraba.

Sentí como me movía sobre él, acelerando las embestidas hasta que salió de mi y empezó a masturbarse con mi propio sexo. Poco después se corrió, clavándome los dedos en la piel y notando como el semen nos caía a los dos, denso, cálido, pegajoso... así nos quedamos. Mirándonos fijamente mientras la música llegaba a su fin y yo no sabía ni su nombre.




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