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viernes, 27 de julio de 2018

Día de playa


Día de playa


Era un día de verano como otro cualquiera. Mis ganas de ir a la playa eran las mismas que las de recibir una patada en el hígado, aún así tras la insistencia de una amiga cedí. Preparé una pequeña mochila con aceite de coco, toalla, mi libro, las gafas de sol y el pareo.

En un par de horas saldríamos y tenía que esperarlos en la puerta. Abel, Carla, Luis, Christian y Elena tenían unas ganas de playa de la que yo sentía verdadera envídia. No por nada, sino por que adoraba mi cárcel de pladúl llamado hogar y quedarme en casa viendo Netflix y comiendo porquerías bajo el aire acondicionado, era mi mejor y único plan para pasar las vacaciones. Pero cedí. No sólo por que Elena era más pesada que una vaca en brazos, sino por que tampoco quería perderme la visión de Christian saliendo del agua con esa ropa minúsula que seguro se pondría.

Hacía un par de meses que se había mudado al barrio de Elena y ella, con sus dotes sociales, lo había metido en el grupo como el que lo conoce de toda la vida. Por ese entonces yo tenía novio, bueno, tenía un ligue con el que me encoñé y pensé que éramos novios, hasta que un par de semanas mas tarde me vine arriba y le dije en un arrebato post coital de pasión, y bajada de defensas orgásmicas, que le quería. Desde ese momento y como si de un hechizo de repeleer se tratase, Victor, desapareció de mi vida y el "Ya te llamaré" se convirtió en silencio.

Pero no quiero aburriros con mi trágica comedia amorosa. Debo decir que superé muy bien la ruptura y que ver a Christian todos los días había sido mi solución de la mora. "La mancha de la mora, con otra mora se quita". Tampoco tenía tanto amor dentro, yo creo que eran más hormonas que amor, por que joder, como estaba y que bien follaba.

Y así estaba yo, pensando en ese momento de locura en el que lo hicimos en el parque acuático cuando Elena, tan maja ella, me sacó de mis pensamientos.

  • Tía, ¿Dónde estás? - Agitó la mano delante de mi. - Siempre estás en tu mundo de yupi.
  • Perdona, ¿Qué? - Respondí volviendo a estar lúcida.
  • Qué si tienes crema del 30 o superior, que veo que me voy a quemar.
  • Pues no. Tengo aceite de coco, ya sabes que yo no me quemo.
  • Claro, como aquella vez que te pusiste como una langosta.
  • Me dormí. - Grité en mi defensa. - A todos nos pasa. Pregunta a Carla, ella siempre lleva miles de potingues en eso que llama mochila. Que por el amor de dios, cada vez es más grande... ¿Qué coño mete ahí?
  • Cosas básicas. - Dijo la susodicha.
  • A ver... - Empecé a meter la mano en su mochila. - Claro, por que base de maquillaje, polvos translucidos, rimmel, colorete, dos tonos de labios, eye liner y sombras, es muy básico para un día de playa.
  • ¡Es para después! - Exclamó - me pinto un poquito en el coche que luego en mi calle hay terrazita y está todo lleno de gente.
  • ¿Un poquito, Carla? - Cogí un puñado de maquillaje. - Con lo que llevas aquí podría pintarse todo un equipo de animadoras.
  • Tu como nunca te arreglas y vas estropajá perdida....
  • Perdone usted, mi lady por no parecer un cuadro de picasso con tanta pintura.
  • ¿Qué insinuas? - Preguntó ofendida guardando todo en el bolso.
  • ¿Yo? Que vamos a la puta playa no a un desfile de Maybelline.
  • Ya está bien – Intervino Abel, cansado de nuestras disputas. - ¿No podeís estar una jodida hora sin mataros? Parecéis mis hermanas.


Carla y yo nos llevabamos últimamente peor que nunca. Jamás encajamos y éramos las típicas amigas rivales. Yo por que era muy dejada, ella porque era mas falsa que un billete de 6 Euros. Éramos el día y la noche. No soportaba que se arreglase hasta para sacar la basura, entre otras cosas, y chocabamos mucho. Ella más conmigo porque decía "cualquier día te conviertes en una mozica vieja", ante mi falta de preocupación por mi aspecto. También hay que añadir el hecho de los tíos. Teníamos un ojo avizor para el mismo en el 80% de las veces, y cuando la última vez ese maldito cabrón me eligió a mi antes que a ella, que siempre va divina de la muerte, le sentó como una patada en sus partes bajas.

Cabe decir que no soy la única que le echó el ojo a Christian. Era un chico muy majo, se había mudado, como había dicho antes, hacía poco y se sentía desubicado y sólo en el barrio. Decía que su único contacto social era el trabajo, donde todos eran mucho mas jóvenes que él y nunca sentía encajar en ningún lado. Era profesor de tenis juvenil. Estaba de vacaciones y había tenido que dar clases hasta hacía unos días a una chica más joven que él. Fue un alivio encontrar a alguien como Elena en su camino, nos confesó.

Habíamos llegado a la playa en una media hora. Buscamos un sitio cerca de la orilla y que no estuviera con mucha gente, pero siendo un sábado todo se había llenado demasiado pronto y podías ver sombrilas y más sombrillas sin gente debajo, sólo guardando el sitio. Algo que realmente me revienta el coño por dentro. Es como si yo voy por la noche, dejo la sombrilla y me voy a mi puta casa. ¡Eso no se hace!.

Allí estaba yo, refunfuñando como una moza de pueblo, como dijo Carla, buscando un sitio ideal. La arena quemaba (¿He dicho el odio que siento hacía la arena? Pues la odio con todo mi ser), hacía un airecito cojonero (odio salir mojada y que me de el aire) que removía el agua más de la cuenta, cosa que me encantó por que así me podría perder entre las olas y estar separada del grupo pensando en mis cosas. Lo sé. No sueno muy social, pero es que a menudo me pierdo en mis pensamientos y me pongo a soñar como una boba... También es que quería estar un ratito a solas con Christian, que para eso si era social yo.

Al final nos colocamos en un rinconcito con una roca enorme. El sitio estaba bien, las rocas que habían nos resguardaba un poco del calor, sin embargo cuando rompían las olas más tarde de la cuenta nos salpicaba algo de agua y yo me ponía negra.

-Siempre te quejas de todo, hija. - Me dijo Carla con intención de llevarme la contraria en todo.

Estiré la toalla y me quité la ropa quedándome con mi bikini nuevo negro, de gatitos blancos dibujados, mientras Abel y Luís que estaban hablando de no se qué partido del Jueves, ponían las sombrillas. Elena y Carla hacían lo mismo con su toalla y esta última intentaba poner su set de maquillaje en un sitio donde el sol no diera directo. (Luego dice que me cabreo por todo, pero hace cosas de juzgado de guardía). Christian había ido a por la nevera al coche, le acompañé para traer algunas bolsas con suministros varios, porquerías básicamente. Teníamos pensado comer en un chiringuito que había allí mismo y que cada año íbamos.

Cuando lo vi sin camiseta se me olvidó que la arena me estaba achicharrando los pies, pero claro, duró poco, ya que me puse a dar saltos inconscientemente corriendo arena abajo con las bolsas. En mi gran sabiduría me había quitado las chanclas y las había dejado en la sombra en lugar de llevarlas puestas.

Cuando todo estaba ya en su sitio me fui para la orilla a mojarme los pies, cogí agua con la mano y me la eche por las piernas, los brazos, la nuca... fui mojándome poquito a poquito hasta que decidí meterme en el agua. Agradecí tener el pelo corto este año, así evitaría las anecdotas del año pasado con una ola, que me quedé como la niña de The Ring y con una teta fuera. Carla aprovecha cada ocasión para recordar ese gran momento.

Elena seguía buscando crema en alguno de los bolsos de los demás, por que le aterraba quemarse y se le había olvidado la suya. Al final se echó proteción de Abel, que con su obsesión por tener la piel perfecta, intentaba rehuír del sol como si fuese un vampiro de Transilvania.

Me hundí en el agua. Amaba esa sensación de libertad bajo el mar cristalino, puro, fresco, natural... era como fundirme con la naturaleza por un momento y adquirir propiedades inigualables. Siempre adoré el mar, aunque odiaba la arena, por eso siempre evitaba salir del agua hasta que no parecía una uva pasa.

Sentí alboroto a mi lado, pero no me importaba, yo seguía buceando con los ojos cerrados, nadando sin rumbo fijo y sólo dejándome llevar por la sensación del mar en mi piel. De pequeña envidíaba a Ariel. Cuando los abrí estaba a varios metros de los demás y veía más cerca la boya. Me volví a hundir para mojarme la cara y el pelo y saqué la cabeza. Me di la vuelta. No quería alejarme tanto con el mar revuelto. Antes de llegar a la orilla, Christian, Carla y Luis se metieron en el agua. Elena seguía echándose toda la crema que había en el bote y podía escuchar desde allí los lamentos de Abel por "su sagrada crema".

Cuando vi a Christian meterse en el agua del tirón y marcarse los músculos de la espalda me estremecí. Era uno de mis puntos débiles. La masculinidad en todo su esplendor. Le seguí con la vista mientras me acercaba despacio nadando. El agua le llegaba por la cintura estando de pie, justo un pelín por encima de la cinturilla del bañador.

A Carla se le iban a caer los ojos y salir flotando si ésta seguía mirando así. Era más descarada que yo, aunque Christian no se dio cuenta. Por el contrario si me miró a mi y me pilló mirándole con cara de gilipollas embobada. Juro por dios que en ese momento deseé hundirme en el mar y no salir.

Así que me hundí nuevamente, pero salí cuando calculé lo cerca que estaba de ellos. Saqué la cabeza y tenía a los tres delante de mi hablando entre ellos sobre algo que no me interesaba en absoluto y que no presté atención. Luís era como si no estuviera, apenas se había mojado y ya quería salirse para tumbarse en la arena.

Me puse frente a Christian y sonreí, siempre lo hacíamos, era nuestra manera de saludarnos muchas veces. Yo, en mis fantasías, no sólo le saludaba con una sonrisa, sino que le desnudaba y le hacía... Me voy del tema. Carla se dio la vuelta para ir por una pelota con la que quería jugar en el agua con Luís, este no quería, quería tumbarse al sol, así que al final se quedó ella con Christian jugando.

Me fui hasta mi toalla, me eché el aceite de coco y me tumbé bocabajo, le pedí a Elena que me echara en la espalda y lo hizo antes de irse al agua como si fuera una fresa con nata montada. ¿Se podía echar una más crema en el cuerpo? Eso era provocar una intoxicación dermatópica. Que no sabía si existía pero que gracias a Elena se inventaría en el mundo.

Apoyé la cabeza en mi libro, cerré los ojos y me relajé. Dejé de oír el burullo de gente y sólo oía las olas, el mar, el viento moviendo el agua y rompiendo contra la orilla y las rocas. Unas gotas me salpicaban, poniéndome la piel de gallina ante el contacto con el aire. El sol a ratos me picaba, pero estaba cómoda, agusto, genial, tranquila...

Una caricia en la parte trasera de mi muslo, suavemente deslizándose abajo y arriba. Una mano en mi espalda, acariciando despacio.

  • Elisa – Escuché. - Elis...
  • ¿Qué? - Estaba tan agusto que me estaba durmiendo. Soy de esas personas que se duermen en lo alto de un pincho.
  • Te vas a quemar.
  • Mierda. Si no me lo dices vuelvo a parecer una langosta como el año pasado. Me daré la vuelta.

En algún momento, Elena desabrochó la parte de atrás del bikini, no me di cuenta o no caí en ese momento, cuando al darme la vuelta, ¡sorpresa! Me quedé con las tetas al aire delante de él.
Quería meter la cabeza en la arena, o si era más rápido abrírmela contra la roca que teníamos ahí. Pero no había tiempo, tenía que actuar. Me llevé las manos a los pechos mientras que Christian ladeaba la cabeza y carraspeaba. Me dio la espalda.

Por un momento pensé si la visión de mi 115 al aire era tan espeluznante como para darse la vuelta. Mas tarde comprendería que el objetivo de esa acción era ocultar la reacción de su cuerpo al verme.

Me levanté cuando me até el bikini y andé por la roca, siguiendo su contorno, hasta descubrir que al otro lado de nosotros había un pequeño hueco como si fuese una cueva en miniatura. Era precioso. Y lo mejor de todo es que no había nadie ahí. Muchas conchas estaban varadas y había pequeñas piedras cristalizadas entre las rocas. Me senté ahí. El agua no llegaba a esa zona a menos que la altitud del mar subiera, así que me quedé un rato ahí, apoyada en mis manos echada hacía atrás, tomando el sol, cara arriba y ojos cerrados. Recordé mis gafas... tendría que haberlas cogido del bolso.Y el libro. Sería mágico leer aquí sin que nadie me viera ni molestara.

Pasaron unos minutos que no quise contar y escuché alguien llegar. Me quejé por dentro y resoplé. "¿Molesto?" escuché la voz y sonreí. "Para nada." . Era Christian. Se sentó a mi lado y estuvo callado un rato hasta que yo hablé.
  • Siento la escenita de antes, no recordaba tener desatada la parte de arriba.
  • En realidad te quería pedir disculpas yo. No debí mirar tantoy retirarme así.
  • ¿Tanto miedo doy? - Pregunté sonriendo.
  • No es miedo lo que me ha dado, precisamente. - Le noté incómodo. - Uno no es de piedra.
  • ¿Cómo? - Pregunté confusa mirándole a los ojos.
  • Llevo unos meses soltero y mi cuerpo reacciona sin pensar, lo siento.

Una luz y unos cohetes tintinearon en mi cabeza. La fugaz idea de tener algo... así, de pasada. Como conté antes soy muy fantasiosa, así que en mi cabeza ya se estaba cocinando a fuego medio un tórrido romance en ciernes. Así que se había dado la vuelta por que tuvo una erección con mis pechos... Me emocioné. Desde la ruptura de mi no novio, sentía que era un estropajo rancio, y Carla no ayudaba con su obsesión enfermiza por mi aspecto descuidado.

Me vine arriba con todo el equipo y quise llevar las riendas de lo que fuera un calentón. Aflojé las cuerdas de la braguita, me levanté y me metí en el agua. "¿Te vienes?" le dije cuando ya el agua me llegaba por la cintura. Sonrió, se levantó y se metió del tirón casi saltando sobre el agua. Me di la vuelta y le pegué mi culo a la entrepierna, me agaché, haciéndome la inocente, y me restregué con él. Saqué lo primero que pillé del agua. Una piedra cristalizada preciosa de color azul turquesa. Se la mostré, sonrió y me incliné para meterme en el agua y empezar a nadar.

Suspiró, me siguió y cuando estabamos alejados de la roca me agarré a su cuello, pasé la mano por su pecho y le miré relamiéndome los labios. Pareció sorprendido, pero obtuve una respuesta satisfactoria.

Me cogió de la cintura, me pegó a él y pude notar lo duro que estaba. Esa sensación me estremció y los pezones se me endurecieron. Pegué mi pecho al suyo, rozándole con ellos y notando como latía su erección en mi vientre. "¿Qué haces...?" Susurré en su boca, mirando sus labios. "Estás empezando algo que vas a tener que terminar". Respondió. Me agarró una nalga con la mano y apretó clavándome los dedos. Metió los dedos por debajo de la tela y pellizcó. "Elisa..." suspiró en mi boca. Dios que caliente estaba a pesar de lo fría que estaba el agua.

Levanté mi pierna y le rodeé con ella, pegándonos por completo. Me agarré a su cuello, cogí impuslo y salte para abrazarlo con las dos piernas. Ya no había marcha atrás... ¿O sí? Tampoco quería, no ahora que estaba tan cerca de sentirle como había deseado desde que lo vi.

Metió su mano bajo mi braga, desde atrás y acarició mi entrada, sólo rozando y haciendo que me contrajera pensando en más. Yo restregaba mi sexo con el suyo, arriba y abajo, apretándome, mientras abría mi boca y jadeaba en la suya, clavando mis manos en su cuello, en su espalda, en su cintura. Me soltó, me dio la vuelta y me puso de espaldas a él. Con una mano me agarró un pecho, que estrujo y sacó de la tela, con la otra, la metió en mis bragas y sentí como sus dedos acariciaban mi sexo, abriendo mis pliegues y colándose entre ellos para trazar círculos que me estaban haciendo desesperarme. Me sentía expuesta, vulnerable, observada... y la sensación me excitaba mucho más. ¿Y si nos pillaban? ¿Y si alguien estaba mirando?

La reacción del agua salada hacía mas reticiente los movimientos, y a ratos sentía cierto escozor. Pero no me importaba. Llevé mi mano hacía atrás, colándola en su bañador y agarrando su miembro duro. Subí y bajé por el a través de la tela mientras sentía como clavaba sus dientes en mi cuello. Me iba a correr, y yo quería más, no hacerlo así. Le apreté con la mano la polla y le hice parar, "vamos donde estábamos" le ordene, "ahí nos puede ver alguien", respondió sonriendo, "Mas emoción."

Sonreí yo también, sabiendo que el hecho de que nos pudieran ver añadía mas morbo a las ganas que tenía de tenerlo entre mis piernas.

Me volví a colgar en su cuello, abrí las piernas y le rodee mientras le mordía y le lamía, esa mezcla de piel y sal que tenía. Avanzaba conmigo através del agua y mis bragas iban casi sueltas ya. Me dejó en el suelo se puso sobre mi y me sacó las tetas del bikini. Se mordió el labio, junto los pechos y los llevo a su boca, sacando la lengua y lamiéndome, mordiendo mis pezones y restregándoselas por la cara.

Me besó. Dios como besaba. Mordía el labio inferior, lamía, volvía al superior, mismo proceso y me metía la lengua hasta la garganta, como si quisiera tragarme entera, aprovechar el momento, disfrutar de algo que deseaba tanto como yo.

Me agarró de las cuerdas ya casi sueltas de la parte de abajo y tiró de ellas, dejándo mi sexo desnudo. Llevé mi mano hasta el, para taparme y la apartó de un manotazo. Agarró mis muslos, bajó la cabeza y hundió su cara entre mis piernas. Lamiendo, succionando, pegando pequeños mordiscos en mi pubis. Agarré su cabeza con una mano, apretándolo contra mi, mientras que la otra mano la llevaba a mi boca para morderme los dedos y callar los gemidos. Necesitaba más. Me agarré un pecho y lo masajee, se desbordaba en mi mano y saqué la lengua para lamer el pezón.

Estaba cerca del órgasmo y apreté más su cara en mi sexo. Estiré de su pelo para verle la cara, con la mezcla del agua, la saliva y mi propia esencia femenina chorreando en su boca. No sabía que hacer, si ponerlo o quitarlo...Dios era tremendamente excitante verlo así, a mis pies, devorándome entera. Lo volví a hundir y lo miré mientras me comía. Levantó la mirada y clavó sus ojos en mi, mientras daba con la punta de su lengua a mi clítoris y metía uno, dos y hasta tres dedos en mi interior. Me contraía sobre él. Sentí el orgasmo llegar y cerré los ojos echando la cabeza hacía atrás y dejándome llevar entre su boca y sus dedos. Tuve que ponerme la mano en mi boca para no gritar y poder morder algo.

Paró y ascendió por mi vientre con su lengua, llegó a mis pechos y lamíó, besó, devoró, cada centímetro de ellos mientras se sacaba su polla del bañador. "Date la vuelta, ponte de rodillas y abre las piernas" Y obcecada seguí sus órdenes.
La sentí rozarse en mi culo, como acariciaba mis nalgas con ella, cálida, dura, mojada. La llevó entre mis piernas desde atrás y la pasó de delante hacía atrás varias veces, mientras con su otra mano agarraba mi cintura para pegarme más a él. Era una postura incómoda pero terriblemente erótica. Piel con piel.

Entró en mi de una embestida y se quedó quieto, con su boca en mi hombro, clavando los dientes. Empezó a moverse, embestidas suaves "Dios que apretada estás" y sus palabras eran hipnóticas para mi. Yo me movía de arriba a abajo despacio, a la vez que él hacía lo mismo, clavándonos en un momento donde ambos suspirabamos entre jadeos.Aceleró el ritmo, con una mano en mi cintura y la otra en mis pechos. No sabía como tocarme para que no se le escapase un milímetro de piel.
Y más, más fuerte, mas rápido, sube, baja, salía, entraba, apretaba, volvía a salir, me rozaba con ella y otra embestida dura. Hasta que estuvo tan cerca que me agarró de ambas caderas y me empujó contra el suelo para follarme a cuatro patas de manera salvaje y brutal. Me corrí. Mi carne le acogía una y otra vez y las contracciones tras el órgasmo lo hicieron perder el control.

La sentía clavarse en lo más hondo de mi cuando aceleró más y noté que salía de golpe. Giré un poco la cabeza y le vi masturbarse sobre mi culo hasta que sentí como su semen caliente se derramaba sobre mi y me clavó los dedos de la otra mano.

Cuando acabó me ayudó a ponerme las bragas y se sentó, echándose sobre la piedra. Yo me sentía observada, pero en ese momento de tensión y deseo lo único que me importaba era él, mi placer y el momento. Poco después cuando alcé la vista vi que Carla estaba allí, con la boca abierta... ¿Cuánto había visto?



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