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lunes, 23 de agosto de 2021

El que reparó la avería +18

 

El que reparó la avería

 

Quizás el sur en pleno agosto sea apetecible para alguien que no vive a 40º a la sombra, sin playa y con el aire acondicionado roto, pero para mí, que aquella tarde pensé que moriría, no era mi mejor opción.

Tirada en el sofá echándome agua con un spray en todo el cuerpo y enfocando el ventilador directamente a mí, en pleno 5, deseé morir. O en su defecto que apareciese Doraemon y me pusiera una puerta mágica en el salón por la que pasar hasta Alaska.

Pero no. No tenía gato mágico. El único que tenía estaba tirado en el suelo al lado del mueble de la tele, reposando su barriga obesa.

Maldije la hora en la que se me ocurrió venir a ver a mi familia en plena ola de calor. Yo echaba de menos ya hasta mi casa en la costa. Yo. Que odio la playa, pero al menos la brisa del mar hace un calor menos sofocante. Pegajoso, pero no sientes que te han metido un calefactor en los pulmones.

No me apetecía nada. El aire acondicionado había dejado de funcionar hacía dos días y tenía que esperar una semana hasta que vinieran a arreglarlo.

Mis opciones eran, vivir dentro del congelador, lo cual descartaba porque no entraba, o meterme en la ducha y vivir bajo el agua, aunque esta última opción me echaba el agua tirando a caliente. Ni fría estaba.

 

Hice caso a la opción tres; depilarme e irme a la piscina del barrio a estar en remojo como los garbanzos.

Mi sorpresa fue no tan sorpresa cuando llegué y el aforo estaba ya al máximo, por lo que, bajo los más de 40º que hacían a las 3 de la tarde, tuve que acarrear con mi bolsa hasta la otra punta de la ciudad. Ahí pude entrar, pero me sentía cohibida sin conocer a nadie. Extraña. Casi un pez fuera del agua.

Pero llamó mi atención a lo lejos una cara familiar, y reconocí entre el gentío a un chico con el que llevaba tiempo hablando por internet.

Ni corta ni perezosa, pero si muerta de calor, me acerqué hasta él y le llamé la atención.

  • -       Ey…
  • -       ¿Bea?
  • -       Hola – sonreí tímidamente estirando la mano.
  • -       Que curioso… - Se acercó a mí a darme dos besos.-¿Cómo tu por aquí?
  • -       He venido a pasar unos días con mi familia, la cual esta trabajando y yo en casa con el aire roto, me está quitando las ganas de vivir.

Solté la retahíla de pensamientos que me empujaban la garganta, dejé caer la bolsa al suelo y le sonreí.

-       No sabía que vivía tu familia por aquí.

-       No. – Me llevé la mano a la cara. – viven por la glorieta, pero la piscina del barrio está a tope, así que he tenido que trasponer aquí.

-       Deja que te presente.

Y a continuación me presentó los amigos con los que estaba echando el día allí. Yo con la mínima vergüenza, saludé a todos y escuché lo que tanto ansiaba oír.

  • -       Quédate con nosotros, porque, has venido sola, ¿no?
  • -       Sí, pero no quiero interrumpir.
  • -       No interrumpes, acomódate por donde quieras.

Durante un buen rato que estuvimos hablando, se me olvidó el mundo que me rodeaba, se me olvidó el calor, y hasta se me pasó por alto que tenía que volver a llamar al técnico a las 18 para recordarle que seguíamos a la espera de que la semana que viene viniera a arreglar el maldito aire.

Lo que consiguió sacar el tema y me sorprendió, diciéndome que él podía hacerlo si yo quería, y que no me cobraría, ya que seguro que era una tontería sin importancia y que no le llevaría mucho rato.

Acepté. Estuvimos jugueteando en la piscina, y yo parecía haber dormido aquella noche con una percha en la boca porque no paraba de sonreír de manera permanente. Pero me lo estaba pasando tan bien… como hacía mucho no lo hacía.

Cuando salí sentí un escalofrio por mi cuerpo cuando me pareció notar que la cuerda de la braguita del bikini estaba desatada por un lado. Pero la falsa alarma me hizo respirar de alivio cuando eché mano y noté que seguía en su sitio.

Él me miró y sonrió, se acercó hasta a mí y me susurró:

-       No pensaba que eras de las que le daba corte enseñar, teniendo en cuenta tu historial.

-       Calla. – Me reí. – Que ahí no me depilado del todo.

Entre risas llegamos a la zona de las toallas y me acerqué a mi bolsa, busqué el monedero y me fui al quiosco que había en la entrada a comprar un par de helados.

Me acerqué hasta él y le tendí uno.

-       ¿Cómo sabías que este me gustaba?

-       Coño, porque te lo he leído muchas veces y tengo memoria. – Me senté, cruzada sobre mis piernas y comencé a desenvolver el helado bajo su atenta mirada.

-       Yo también tengo memoria. – Se sentó a mi lado e hizo lo mismo, pero clavó sus ojos en mi cuando lo llevé a mi boca.

-       ¿Qué? – Pregunté confusa con los labios llenos de nata.

-       Joder, es igual que en los videos.

-       Oh por favor. – Me reí llevándome la mano a la cara. -  No saques a relucir eso.

-       Lo siento – Se rio. – No puedo… es hipnótico.

-       Es un puto helado. – Me pasé la lengua por los labios.

-       Joder, no hagas eso.

-       ¿El qué?

-       Relamerte.

-       Venga ya - Me volví a reír. – ¿y cómo me como el helado de la boca?

-       Hay más opciones.

-       ¿Me paso el dedo y lo chupo? – Lo hice, recorriendo con la yema de mi dedo mis labios y metiéndolo en mi boca succionando. - ¿Así?

-       No ayudas eh.

-       Se te va a derretir. – Le señalé con la mirada a su helado.

-       Será lo único que puede derretirse ahora mismo…

-       Seguro que no soy la única mujer que has visto comerse un helado.

-       Pero eres tú. Es diferente.

-       Tus amigos van a pensar que estás majara.

-       Mis amigos están metidos en remojo y a su bola.

Pasé la lengua por la punta del cucurucho llevándome toda la nata con ella, y me chupeteé los labios. Pasaba el dedo por el helado y lo llevaba hasta mi boca. En este momento ya lo hacía más por plena coña que por que lo comiera así, pues sabía que él me estaba observando y que la situación estaba siendo curiosa.

Él se comía su helado intentando evadirse de mirarme, pero no pasaban desapercibidas sus miradas hasta mi boca y las gotitas de nata que cayeron en mi pecho.

Tampoco creo que ignorase mis pezones endurecidos bajo la tela cuando el agua empezó a secarse y me daba pequeños escalofríos.

-       Te has manchado. – Llevé su dedo hasta la comisura de su labio y recogí con él la crema para llevarlo hasta mi boca y chuparlo.

-       Joder.

-       Mira que no saber comerte un helado…

-       Ya, será eso. – carraspeó y se removió en la toalla que había sobre el césped para darme un poco de lado.

Terminamos de comernos el helado en silencio y nos volvimos al agua justo cuando los demás regresaron de ella.

Me quedé mirando el borde de la piscina, dudando de si entrar por la escalerilla o por ahí, cosa que se solucionó cuando me empujó y me tiró al agua y saqué la cabeza cagándome en todo.

-       ¡No vuelvas hacer eso!

-       Hacía mucho calor.

-       Odio que me tiren al agua. – Hice un mohín mientras me acercaba nadando a la parte donde hacía pie.

-       ¡Bomba va! – Y se tiró, salpicándome agua en los ojos.

Se acercó nadando hasta a mí y me arrinconó contra el borde de la piscina donde estábamos ambos de pie.

Estábamos muy cerca. Mucho. Tanto que podía ver claramente su pecho subir y bajar al compás nervioso del mío.

-       ¡Qué calor!

-       Claro, es lo que tiene agosto en el sur, que te torras.

-       Y tanto que tetorras. – Esto último lo soltó mirándome descaradamente a las tetas, las cuales parecían considerablemente más grandes por el agua y porque estaban semiflotando.

-       ¿Me estás mirando las tetas?

-       Ya sabes que sí, para que negarlo.

-       Salido…

-       Llevo viéndote el escote meses… ¿Qué creías que iba a pasar si te tengo en bikini y mojada delante de mí?

-       Esperaba que no te metieras el móvil en la piscina, al menos.

-       ¿Qué?

-       Que llevas en el bolsillo.

-       No es el móvil querida. Soy pobre, acuático no es.

-       Oh… - no se si el hecho de saber el porqué o por el agua fría y la brisilla que se había levantado, pero mis pezones estaban duros a punto de atravesar la tela.

-       Uy que tarde debe ser. Mejor me voy. - Lo intenté apartar para irme porque la situación estaba un poco caldeada.

-       Espera…- Y presionó más su cuerpo contra el mío y no, joder, eso no era el móvil. No al menos uno de esta generación.

-       Es que me tengo que ir – Me aparté despacio – mi madre ya mismo llega a casa y creo que se me a olvidado ponerle pienso a Blacky.

-       ¿Quién es Blacky?

-       El gato de mi madre.

Conseguí llegar hasta la escalera y me impulsé para salir del agua, con él pegado a mí, teniendo mi culo en primer plano contra su cara.

-       ¿Cuándo quieres que vaya a mirar lo del aire?

-       Uy pues… - Lo pensé. Mucho, además. Pero es que hacía mucho calor y peligraba mi vida. – Por mi mañana mismo.

-       ¿Te viene bien a las 11?

-       Claro.

-       ¿Por dónde es?

-       Te paso la ubicación por WhatsApp.

-       No te tengo.

-       Ah, es verdad. Pues apunta.

Le di mi móvil, me sequé con la toalla y me coloqué el vestido. Cogí mis cosas y me fui despidiéndome de todo el grupo y sintiendo su mirada clavada en mi cogote.

Cuando llegué a casa creía que iban a tener que recogerme en un cubo. No era posible este calor desértico. Aquel día parecía la calle el páramo de Mad Max.

Al entrar por la puerta, Blacky se sentó a mirarme después de olfatearme. Me juzgó con la mirada.

-       ¿Qué, gato? – Y le llevé a la cocina donde le eché de comer. – No me juzgues.

-       ¿Miauu?

-       Voy a ducharme.

Blacky siguió comiendo mientras yo soltaba las cosas en el salón y me iba directa al baño. Me quité el vestido y el bikini y me metí en la ducha, la que por supuesto salía caliente pese a estar en frio.

Mientras esperaba a ver si el agua salía más fría, mandé un mensaje a Juan con mi ubicación, que me respondió con un  “Allí estaré” y un Emoji de un beso.

Una vez bajo el agua quitando el cloro que me empezaba a picar, comencé a pensar en la tarde tan rara que había tenido hoy. “Mierda, que no he llamado al técnico” pensé mientras me llevaba las manos a la cara para esturrear el agua. Aunque con la idea de que Juan viniera al día siguiente arreglarlo, igual no hacía falta.

Me enjaboné con ese gel tan dulce que mi madre siempre compraba, y me mimé con la esponja repasando cada centímetro de mi cuerpo y cubrirlo de espuma. Estaba rondando en mi cabeza todos los acontecimientos de esta tarde. El helado, el roce, los dobles sentidos…

Después, bajo la ducha, me aclaré, rozando con mis manos mi cuerpo hasta más abajo. Más… Más… cogí la alcachofa de la ducha y la puse directamente en mis pechos con la presión del agua más fuerte, y vi como mis pezones se endurecían cuando el agua comenzó a salir algo más fría, debido al tiempo que llevaba abierta.

Me mordisqueé el labio mirando como caía el agua y presionaba mi piel y bajé un poco más con el mango hasta el interior de mis piernas.

Me pegué a la pared mojada y me lo puse directamente en mi sexo. Cuando sentí el agua golpear mi coño con fuerza se me escapó un gemido que me hizo cerrar los ojos y echar la cabeza hacía atrás.

Con una mano sujetando el mango y con la otra indagando entre mis pechos, me dejé llevar. Moviendo suavemente en círculos la que sostenía la alcachofa y llevándome un pecho a la boca con la otra.

Apenas un minuto, no llegó a dos, después, me corrí, cerrando las piernas mientras presionaba la alcachofa de la ducha con mis muslos, dejando culminar mi orgasmo con el agua y me mordía el labio intentando no soltar ningún ruido.

Terminé de aclararme y salí, envolviéndome en la toalla hasta mi habitación.

Mi madre había llegado. Le conté mientras me secaba, a plena voz desde mi cuarto, que iba a venir un amigo mío mañana para arreglarnos el aire acondicionado y que no habría ni que pagarle. Ella estaba dispuesta, igual que yo, a pagar lo que no teníamos por tal de que lo arreglasen.

Estuvimos un rato jugando al parchís y chismorreando cosas de madre e hija, hasta que el calor nos dejó dormir.

Yo había puesto la alarma a las 10 pero se ve que como está tan poco acostumbrada a sonar, se le olvidó hacerlo. En su lugar me despertó el timbre de casa y tuve que bajar hasta descalza soltando un “voy, voy, vooooooyyyyy”.

Cuando abrí no se que cara tenía yo, pero Juan se estaba aguantando la risa claramente.

-       ¿Aún dormida?

-       Que va… llevo un rato despierta.  – mentí, claramente.

-       Si no llevas ni las gafas…

-       Puse la alarma, pero no ha sonado – Me disculpé – Pasa anda, y perdona las pintas.

-       Tu primero… - Me indicó con la mano para subir las escaleras.

-       Ah no, sube tu que esto es tan corto que si estornudo se me ve hasta las entrañas.

-       No ha colado.

-       Pues no.

Subió el primero y o recibió blacky bufado en la puerta, pero en cuanto lo olisqueó y me vio a mí detrás, se le pasó.

-       El aire está en esa habitación que es la salita. ¿Quieres tomar algo? – Pregunté mientras me iba por el pasillo hasta mi habitación a coger las gafas. – voy a cambiarme y salgo.

-       No, gracias. Y por mi no te cambies, es que hace un calor tremendo aquí.

-       Encima la cafetería de abajo tiene el ventilador del aire justo bajo el balcón, y no veas como se junta todo.

Aparecí en el salón poniéndome unos pantalones cortos.

-       ¿Tienes una escalera? – Preguntó mientras miraba la goma del aire y echaba un ojo hacia arriba.

-       Sí, espera.

-       Oye, no quiero sonar a obvio, pero ¿habéis mirado los filtros?

-       Claro. – aparecí con la escalera de cuartillo. – es lo primero que hicimos. De hecho, es que no cae ni agua por el tubo ni nada.

-       Es que por eso te lo digo, tiene pinta a atasco.

-       No lo sé… tu eres el experto.

-       Bueno experto… Los arreglo así de vez en cuando, cuando no son grandes problemas.

-       ¿Te importa si me quito de aquí? Voy a desayunar algo y a echar de comer al gato.

-       Nada tranquila, a lo tuyo.

Y me fui a la cocina desde donde tenía visión de él y me puse a prepararme el colacao, mientras Blacky paseaba su culo por mi pierna y me miraba fijamente.

-       ¿Qué? – Susurré. – eres un gato muy cotilla.

 

Le eché de comer al gato y me terminé la leche mientras le observaba. Había desmontado la parte delantera del aire y estaba saliendo mierda para parar un camión.

-       ¿Qué cojones?

-       Es un nido.

-       ¿Un nido?

-       Un puto nido tenías, por eso estaba atascado.

-       La madre que los parió. – Fui a por el mando. - ¿Lo enciendo?

-       Sí, enciende a ver.

Efectivamente, ya funcionaba.

-       Oh, dios… - Gemí. – Aire fresquito.

-       Vas a tener que poner una rejilla en la parte de la calle para que no vuelva a pasar.

-       Sí…

Se quedó callado unos segundos mirándome. Miré lo que sus ojos observaban para ver que estaba contemplando mis pezones tras la camiseta, porque yo estaba sin sujetador.

-       Se alegran del aire.

-       Ya, y yo me alegro de ello.

-       ¿De mis pezones?

-       De que te alegres del aire. Tú y ellos.

Me reí. Y lo agarré de la mano y lo arrastré hasta la cocina.

-       Dime que quieres que te haga.

-       ¿Qué?

-       De comer. – Respondí obvia. -siempre me has dicho que te gustaría probar mis comidas, que menos que hacerte algo después de salvarme los días que me quedan aquí.

-       Me vale con un batido de esos que estoy viendo en la nevera.

-       Vale. – Abrí el frigorífico y lo saqué. - Pero dime, ¿qué más quieres de mí?

-       Esa pregunta abarca muchas cosas para responder sólo una.

-       Sorpréndeme.

-       No quiero cagarla.

-       Venga…

Soltó el batido en la encimera y me agarró de la cintura hasta ponerme pegada a él.

-       ¿Qué estás dispuesta a ofrecerme?

-       Tienes a tu disposición todo mi catálogo. - ¿Sólo me estaba calentando yo? Porque aquello sonaba a provocación mutua que tiraba para atrás.

-       ¿Sí? ¿Todo?

-       Todo lo que te apetezca.

Miró por mi lado izquierdo y seguí la vista hasta donde él miraba para ver que observaba la lavadora que estaba puesta.

-       ¿Quieres que te lave la ropa? – Se rio y me agarró de la mano hasta llevarme a ella.

Me sentó pegó contra la lavadora, acercó su boca a mi cuello y me rozó con los labios, mientras que yo me aferraba al electrodoméstico como si me fuera a caer.

Sus manos se perdieron bajo mi camiseta larga que hacía de vestido corto y me agarró la cintura para pegarme más a él.

-       Si quieres que pare...- Susurró – es el momento.

Pero algo en mi no me dejaba parar, o más bien no quería. Y la curiosidad por ver que pasaba me cegó, dejándome ir con sus manos.

Acercó sus manos a la cinturilla de mi pantalón y tiró de él, bajando, saqué una de las piernas y quedó pendida del otro. Pasó su mano por en interior de mis piernas y sonrió en mi boca “así que es verdad que en casa no llevas ropa interior”. Acarició la yema de sus dedos por mi coño, llamando a la humedad que poco después me inundó.

Su otra mano, viajaba por debajo de mi camisola hasta llegar a mi pecho que apretó en ella, y pellizcó el pezón.

Con ambas manos ahora, me agarró por la cintura y me subió encima de la lavadora, abrió mis piernas y se puso entre ellas.

Fue subiendo mi camiseta hasta sacarla por mi cabeza y cogerme del cuello para besarme, enganchando mi pelo en su mano y tirando hacia atrás para exponer mi garganta y besarla, pasar la lengua y mordisquear antes de descender por mi clavícula.

Sus manos recorrían mis muslos, de abajo arriba y se paraban en mi ingle, rozando con sus pulgares mi sexo mientras yo gimoteaba y sentía mi pulso acelerarse.

Puso su cara entre mis tetas, tras el camino de saliva que había dejado tras de sí, y abarcó un pecho con su boca, succionando el pezón, rozándolo con su lengua mientras no lo soltaba, y mordisqueó, para después hacer lo mismo con el otro.

Me empujó levemente contra la pared para que mi espalda tuviera soporte, y subió mis piernas hasta la lavadora, donde las abrió y se agachó, quedando su cara a la altura de mi coño.

Acercó su boca tanto a mi sexo, que sentía su aliento pegarme en el y un escalofrío y una electricidad me recorría desde el interior de las piernas hasta el cuello.

Pasó un dedo y le observé, como miraba con esmero lo que tenía delante. Rozó con la yema, lo chupó, me miró, sonrió, y sacó la lengua para darme un lametón de abajo arriba. Gimoteé echando la cabeza hacia atrás lo que la pared me permitía y puse mi mano en su cabeza, agarrando su pelo mientras él iba por libre lamiéndome el coño y chupando, recorriéndome con la lengua y apartándose solo para meterme un dedo.

-       Joder… - Logré decir mientras le observaba entrar y salir de mí con su mano. – Me vas a volver loca…

-       Aún no, pequeña, espera y verás…

No sabía lo que pasaba por su mente, por lo que siguió torturando un ratito más. Chupando, apartándose, dejando caer su saliva en mi coño y volviendo a comer, acariciándome con los dedos, abriéndome con ellos para pasar la lengua, introduciéndola en mí… y cuando sentía mi orgasmo precipitarse frenaba, miraba fijamente y volvía a empezar.

Hasta que poco después descubrí el porqué.

Esta vez continuó, comiéndome el coño mientras metía dos dedos y salía, rápido, fuerte, follándome con ellos mientras su boca estaba fusionada con mi sexo. Y empecé a sentir nuevamente el orgasmo hacer acto de presencia, me tensé, intentaba alcanzarlo para dejarme ir y que esta vez no se me fuera, estallé y la lavadora empezó a centrifugar y juro por dios que sentir aquella vibración en mi culo mientras me follaba con sus dedos y me devoraba su boca, me hicieron perder la cabeza y me corrí como una loca en su boca, mientras le tiraba del pelo y me frotaba contra su cara.

Se apartó cuando mi cuerpo dejó de tener espasmos y lo vi sonreírme con su barba empapada. Se incorporó, me bajé de la lavadora y me puse de espaldas a él, inclinando el culo, y rozándome con su abultado paquete.

El observaba, resoplaba, hasta que con mi mano accedí a su miembro tras palpar por encima de la tela.

La masajeé de arriba abajo y la acerqué a mi entrada empapada, presionando contra mí. Agarró la polla con su mano, quitando la mía y poniéndola encima de la lavadora, y me separó los muslos para entrar despacio en mi interior, buscando hueco dentro de mí, aferrándose a mis caderas para empezar una embestida lenta que fue aumentando el ritmo conforme entraba y salía con más facilidad.

Sus huevos chocaban contra mi culo en cada embiste, una de su mano se aferraba a mi cadera o me azotaba, mientras la otra me sujetaba un pecho desde atrás y las embestidas eran profundas y con fricción.

Eché la cabeza hacia atrás para dejarle paso a mi cuello, que devoró mientras seguía follándome duramente.

“No… te… corras… dentro…” le gemí entrecortada sin mirarle. Su respuesta fue un gruñido y quedarse quieto unos segundos con su polla en mi interior. Sin aviso alguno cuando me relajé, salió despacio y arremetió fuerte nuevamente, enrollando su mano en mi pelo y tirando hacia él obligando a encorvarme más, adaptándome a sus necesidades en ese momento.

Salía por completo y entraba hasta el fondo, cada penetración era más profunda lenta, dura, sentía como se colaba hasta el fondo de mi ser sintiéndole prácticamente bombear en mis riñones.

Iba a volverme loca. A estas alturas era una muñeca que perdía totalmente en control en sus manos. Su muñeca. La que se folló a su voluntad hasta que sentí como aceleraba el ritmo y salía bruscamente para correrse en mi culo y en la cintura.

Se dejó caer sobre mí, apoyados ambos en la lavadora mientras recuperábamos el aliento.

Escuché la puerta de abajo cerrarse.

-       Mierda, mi madre. Tira hasta el final del pasillo.

Y subiéndose los pantalones se fue, sin saber yo que hacer y tapándome con lo primero que pille. Las sábanas sucias.

-       Hija, ¿qué haces aquí así?

-       Me iba a duchar y el termo se apagó.

-       ¿Termo? ¿En agosto? ¿Aquí? – Mi madre alzó una ceja. - ¿Qué haces con las sábanas sucias de mi cama?

-       Que iba a poner una lavadora. – El silencio de mi madre era penetrante y perturbador. – El aire estaba atascado, por cierto.

-       Ya veo que ha venido el desatascador, porque a ti también te a desatascado.

-       ¡¡Mamá!!

-       Recoge tu ropa anda. Y dile que salga. Si le he escuchado ir para tu habitación.

Me fui con la cara roja mientras rezaba porque mi madre no viera el regalito que había dejado en mi cuerpo.

 

 

 

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