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martes, 27 de abril de 2021

Mi placer en tus manos Parte 2 final +18

 

Desde el miércoles al sábado tuve problemas para centrarme. Porque cada vez que cerraba los ojos o no tenía la cabeza lo suficientemente ocupada, terminaba pensando en él, en Sergio, y en sus manos sobándome y recorriéndome el cuerpo, embadurnado de aceites aromáticos, relajantes, solos, en la misma habitación cargada de buenas vibraciones que nos hacía flotar con el incienso.

Susana me había preguntado varias veces cómo me había ido, y siempre le soltaba un escueto “bien”, sin entrar en mucho detalle. Por otro lado, porque ni yo misma sabía cómo enfocarlo. Intenté buscar por internet el masaje y tras no recordar el nombre, google terminó por completarme la búsqueda y llevarme a distintos sitios. Me quedé igual, sólo que con un ligero nerviosismo de pensar que sus manos volvieran a recorrer todo mi cuerpo.

El sábado llegó relativamente rápido y casi sin darme cuenta allí me encontraba, esperando en la sala de espera a que Roberto me acompañase a alguna habitación. Era muy similar a su hermano, pero sin esos ojos verdes que deslumbraban y hacían contraste con el moreno de su piel y su pelo. Para poneros más en situación, ¿recordáis a Faruq del Príncipe?, pues digamos que Sergio era su puta viva imagen. ¿Así como iba a estar tan tranquilamente yo? Semejante maromo ponía nerviosa a cualquier hembra que estuviera cerca de él y fuera heterosexual.

Al fin me llevó hasta la misma habitación de la primera vez y me dejó ahí. Vi encima de las mesitas que había en el cuarto varios botecitos de distintos colores, hierbas, pequeñas bolitas que no supe identificar, y mientras me quitaba la ropa y me ponía la toalla me preguntaba para que sería todo eso. Supuse, finalmente, que sería para el masaje Shistu, shiatsu, shuzisu… ¿Cómo se llamaba?  que me había dicho con anterioridad.

Me puse en posición y en pocos minutos escuché unos pasos tras los que se abrió la puerta, cerró y habló

  • -       Buenas, Rebeca. ¿Qué tal andas hoy?
  • -       Cansada, pero seguro que con tus manos eso se solventa. – Pensé en el énfasis que se podía leer en mi respuesta y apreté los ojos en un acto reflejo.
  • -       Algo podremos hacer. – Pude percibir una sonrisa aún sin verle. –tengo aquí preparado varios tipos de aceites para el masaje del que hablamos la última vez.
  • -       Hmm. – Logré decir, porque me quedé perdida en mis pensamientos imaginando sus manos por mi cuerpo.

Y no lo tardé mucho en experimentar. Pocos minutos después sentí como me abría la toalla de la cintura y me dejaba desnuda bocabajo en la camilla, a su merced.

El tacto del líquido templado que caía en mi piel me hizo sentir un escalofrío, que se acrecentó cuando sus manos se pusieron en mi espalda y comenzó a recorrerme la piel despacio, lentamente, con suma dulzura, cuidado y atención.

Subía, bajaba, jugueteaba con sus pulgares ejerciendo presión n determinados puntos, esturreando el aceite hasta bajar a mi cintura y volver a subir siguiendo el mismo camino, hasta mi cuello.

Me apretó con sus dedos, moviéndolos mientras yo gimoteaba y sentía mi cuerpo librarse de la presión y la tensión que me aprisionaban.

Dejó una sola mano ahí para bajar la otra hasta mi culo, envolviendo mis nalgas con su mano, clavando sus dedos, y acoger el cachete con la mano abierta, costándole pillarlo entero por la magnitud de mi carne.

Poco a poco empecé a sentir como sus manos iban descendiendo hasta mis muslos, siguiendo el camino despacio, interior y exteriormente, hasta mis rodillas, mis piernas y finalmente mis pies, donde al principio me costó mantenerme quieta debido a las cosquillas que sentía.

Supliqué que ahí no tocara, pero el insistió.

-       Relájate, pon la mente en blanco, siente las caricias, no pienses en el aleteo de las cosquillas, una vez lo controles podrás disfrutar. -  Seguía focalizando puntos de presión que me proporcionaban varias sensaciones por el cuerpo. – Déjate llevar.

  • -       Pero es que…
  • -       Shhh – Y sentí como una de sus manos me impactaba suavemente en una nalga.
  • -       ¿Pero qué…? – Logré decir.
  • -       Relájate – insistió.

Un pellizco de excitación se formó en mi estómago, un remolino de mariposas surgía en mi interior y aleteaba por mi cuerpo buscando la salida, que se encontraba entre mis piernas. Me mordí el labio intentando callar el liviano gemido que de mi amenazaba con salir.

  • -       Date la vuelta.

Tardé en procesar aquello un poco más de lo necesario, porque recordemos, estaba desnuda. Y yo nunca había ido a un sitio de estos, pero dudaba, mucho, que esto fuera lo normal.

Me di la vuelta agarrando la toalla para no dejar mis pechos al descubierto ni mi entrepierna, y me coloqué como pude bocarriba.

El empezó a masajear mis hombros, poniéndose pegado a mi cabeza, comenzando el masaje desde arriba. Podía sentir su calor por lo extremadamente cerca que estaba, y siguió, pasando sus manos por mi clavícula, hasta colar ambas manos por debajo de la toalla blanca que me tapaba.

Esto ya no era profesional. Sentía sus manos en mis pechos, acogerlos, sobarlos, estrujarlos y clavar sus dedos en ellos. Cuando miré hacía su cintura comprobé que tenía una latente erección bajo la ropa. Ay madre…

Se apartó cuando nuestras miradas se cruzaron y se fue a la mesa por otro aceite, olía a lavanda claramente, y apartando la toalla sin ningún tipo de pregunta, vertió varias gotas en mis pechos, bajo mi atenta mirada que iba desde sus manos a su cara, donde se formaba una pequeña sonrisa que me dedicaba, a sabiendas de que le observaba.

Tragué saliva nerviosa, excitada, sin saber cómo reaccionar, y veía como sus manos iban bajando por mi vientre mientras llevaba su cuerpo al lateral de la camilla para acceder a mi cintura.

Apartó el resto de toalla que había y me quedé en bragas delante de él. Mis pequeñas braguitas rosas se humedecían a su paso, a su atención, a su mirada, a sus caricias y cuando quise darme cuenta estaba masajeando mis muslos, por debajo, por encima, en círculos con sus dedos, apretando, con la mano abierta, estirando y recogiendo mi carne.

Cuanto más parecía que se acercaba, mas volvía alejarse, y ese tira y afloja era el que me estaba excitando de ver como el caramelo se alejaba tan pronto como lo ponía en mis labios.

Bajó por la parte delantera de mis muslos hasta mis rodillas, recorrió con sus manos mis piernas, echando varias tomas de aceite esencial para mantener la humedad y la hidratación de la piel y el masaje, y llegó hasta mis pies.

Esta vez se puso delante de ellos, agarró mis tobillos cuando creí que iba a masajearlos, y tiró para sí, arrastrando mi cuerpo por la camilla. Le miré sin saber que decir, y esperé su siguiente paso.

Él me observaba, como un gato agazapado observa a su presa antes de cazarla, pasándose la lengua por los labios comprobando mi reacción, hasta que comprendió con mi actuación que no podía negarme a él. Estaba estática, esperando con ansias sus caricias por otras… zonas.

Así que abrió mis piernas lo que pudo y pasó sus manos aceitosas por mis muslos, subiendo desde ellos hasta las ingles, donde pasó sus pulgares, acercándolos a mi sexo y clavándolos en él. Siguió con suaves toques con su dedo por encima de las bragas, mientras yo le observaba e inconscientemente levantaba mis caderas de la camilla para pegarme más a él.

Me movía sutilmente bajo su mano, incentivando el frote de ambos en esa zona que tanto me gustaba y sin poder controlar mis impulsos, llevé mis manos a mis pechos y los agarré.

El calor que yo desprendía y la suavidad de los aceites en mi piel, hacía más fácil que se resbalasen entre mis manos, costando que incluso pudiera acogerlos por completo.

Mis pezones endurecidos se me clavaban, y tiraban de mi piel provocando la sensación de un tirón por el peso de estos.

Cerré los ojos, eché la cabeza cuanto pude hacia atrás en esa posición y me dejé llevar por el placer en sus manos. Segundos, minutos… perdí la noción del tiempo cuando sentí que mi orgasmo se aproximaba y él se retiraba. Joder.

Pero lejos de todo pronóstico se arrodilló a los pies de la camilla, acercó su boca hasta mis muslos y recorrió la parte interna con sus labios mientras con sus manos recorría mis pantorrillas, hasta subir las manos la parte alta de mis piernas, agarrarlas y abrirlas.

Acercó la cara a mi sexo y aspiró mi olor mezclado con la lavanda, restregó su nariz por mi coño, lo que me hizo sentir un escalofrío, y puso su boca contra mi sexo mientras agitaba la cara pegada a él.

Abrió su boca, lo acogió con sus labios por encima de la tela y me clavó los dientes suavemente. Comenzó a comerme despacio por encima de la ropa interior mientras yo me revolvía y llevaba una de mis manos a su cabeza para pegarle contra mí. Sé de sobras que la humedad empapaba mis bragas y que él estaba disfrutando de ese momento de placer tortuoso. Segundos después, sus manos viajaban a la cinturilla de la tela para agarrarla, tirar suavemente y dejarme completamente expuesta bajo su atenta mirada a escasos centímetros de él.

Con las bragas pendiendo de uno de mis tobillos, volvió a subir sus manos hasta mis ingles, recorriendo mi piel con suma delicadeza, acercándose cada vez más hasta que esta vez su boca entró en contacto directo con mi coño.

Me recorrió de abajo arriba con la lengua, llevándose con ella toda mi humedad, con sus dedos abrió mis labios, después de chuperretear, mordisquear, lamer y succionar, y con ayuda de su mano se dio acceso a la parte interna de mi coño.

Posó la punta de su lengua en mi entrada y aleteó en ella, dándome pequeños espasmos de un placer que se avecinaba potente. Subió con ella hasta la parte intermedia y lamió, arrastrándola un poco más arriba hasta mi clítoris, que lamió despacio, succionando, mientras clavaba sus ojos en los míos y me veía una frustración de placer tremenda en mi cara.

Arrastró un dedo por la rajita de mi sexo, mojándolo por completo y lo introdujo despacio en mi interior, abriéndome, haciendo pequeños círculos con él dentro de mí, volviendo a posar su boca en mi coño para acompañar en esa tortura que me estaba deshaciendo.

Desde arriba yo le miraba, observaba su cabeza moviéndose lentamente entre mis piernas y como cerraba los ojos deleitándose con mi coño empapado, de su saliva y mis jugos.

Su cara expresaba un inmenso placer, casi tan grande como el que me estaba haciendo experimentar a mí.

Un segundo dedo le acompañó al primero, metió ambos, entrando y saliendo despacio mientras su lengua jugueteaba con el centro de mi deseo. No iba a poder aguantar esto más, y pocos segundos después una sensación tan conocida como deseada me recorría la columna, llegaba hasta mi cintura y el hachazo de placer me partía en dos haciendo que me corriera en su boca, mientras gemía con mi mano pegada a mis labios para que no se escuchara.

Relamió cada gota que salía de mí y se apartó. Su barbilla empapada y su barba reluciente me hizo cosquillas en mi estómago. Se puso de pie y paseó por mi lado, completamente empalmado presa de sus pantalones.

Se puso en el cabecero de la camilla, teniendo su paquete casi pegado a mi cabeza, y comenzó a masajearme los pechos nuevamente, recorriendo con sus manos mis tetas, juntándolas, y subiéndolas hasta mi boca para que sacase la lengua y la colara entre ellas. Gruñó al verme.

 

 

Sergio

Sentí la necesidad de darle placer. No lo entiendo aún, pero me perdía esa inocencia que desprendía, esa voz gimoteante, esa mirada angelical que me observaba con ojitos dulces desubicados.

Me salté todas las normas y protocolos, claro está. Yo no iba por ahí manoseando a mis clientes y mucho menos comiéndoles el coño y follándole con mis dedos. A estas alturas había sabido controlar mis impulsos y el trabajo era solo eso, trabajo. Pero con Rebeca no era así. Con ella algo primitivo se me despertaba y con ello la polla me palpitaba.

Estaba duro desde hacía un rato. Joder, me había pajeado varias veces desde que la conocí pensando en su cuerpo y su culo, imaginando como serían sus tetas y su coño, y contra todo pronóstico lo que descubrí fue mejor que mis propios pensamientos.

“Seguro que con tus manos eso se solventa” ay, reina, si tú supieras lo que yo quería hacerte con mis manos… No pude aguantar las ganas de quitar la toalla y terminé arrebatándosela, con un miedo interior por si ella se sentía ofendida y me ponía una demanda por acoso sexual que echaba a perder mi carrera como masajista.

Sin embargo, me dejé llevar por los impulsos y los halos de confianza que ella me daba, y así terminé, cediendo a mi instinto de cogerla por los tobillos hasta ponerla a mi merced y comerle el coño con ganas hasta que se había corrido en mi boca con mis dedos dentro de ella, sintiendo como me los apretaba con sus espasmos por el orgasmo.

Cuando acabé, las ganas de meterle la polla en la boca me estaban echando un pulso, que tarde o temprano iba a perder yo. Me paseé por su lado con mi polla a punto de reventarme los pantalones y me coloqué pegado a su cabeza. Quería que ella lo viera, lo deseara y fuera consciente de cómo estaba por su culpa.

Puse mis manos en sus tetas, las mismas que ella antes había sobado mientras agarraba mi cabeza con una mano, y las volví a manosear a mi antojo, acercándolas a su barbilla, mientras ella me miraba ruborizada y sacaba la lengua para ponerla entre ellas.

Dios, que ganas de meterle la polla en medio y correrme sobre ella entera. Mi sorpresa fue mayúscula cuando vi sus manitas ir hasta mi paquete, acariciar por encima de la ropa y apretármela con suavidad, como comprobando la dureza de mi rabo.

 

Rebeca

Se apartó y dejó mis pechos libres de sus manos para agarrarse el paquete como si quisiera colocárselo de alguna manera menos hiriente.

Puse los talones en la camilla y me impulsé hacia arriba más para estar más cerca de él, me levanté un poco y pasé mi boca por la tela, sacando la lengua para que viera como le rozaba con ella aunque fuera por el pantalón.

Con sus brazos estirados a ambos lados de su cuerpo observó como le desabrochaba el cinturón con habilidad y abría el botón, bajaba la cremallera para dejar libre sus calzoncillos abultados.

Pasé mi mano, apretujé y comprobé la dureza de su miembro que se estremecía a mi tacto.

Posé mi boca desde abajo en sus huevos y tiré de los calzoncillos para dejar libre su erección en mi cara. Cuando lo hice él acarició mi pelo y acarició mi mejilla, sin perder de vista como yo abría la boca y dejaba entrar la punta de su polla entre mis labios, teniendo yo la lengua pegada al labio inferior, inclinando mi cabeza hasta darle acceso para que pudiera colarse en mi garganta.

Fue entrando poco a poco, sintiendo el camino que recorría la dura carne dentro de mi boca hasta tocar el fondo de mí, mi campanilla, colándose en mi garganta completamente y notándose en mi cuello la dureza de su erección.

Completamente estirada y abierta de piernas, el comenzó a bombear dentro de mi boca follándome la garganta, mientras sus manos viajaban a mis pechos y pellizcaban mis pezones endurecidos, tremendamente sensibles, casi doloridos por la excitación.

Y siguió, continuó, embistiéndome salvajemente la boca hasta que salió, sacó del bolsillo trasero de su pantalón un condón y mirándole extrañada me susurró “llevo pensando en follarte desde el primer día que te vi, joder”. Me estremecí, ardiendo por dentro de imaginarle en mi interior, excitado por mí.

Me indicó que levantara las piernas, se subió a la camilla de rodillas conmigo y con el miedo de que nos pudiéramos caer, se acomodó pegado a mí. Se puso el condón y restregó su polla por mi coño, dándome golpecitos con ella, mojándola con el látex puesto, abrió un poco mis piernas y llevó la cabeza de su miembro a mi entrada, se posicionó y entró despacio apretando los dientes. “Joder, que cerrada estás…” susurró y arrastró cada palabra como si aquello le provocara más placer.

Una vez adaptados a nuestros cuerpos, colocó mis piernas en sus hombros y me empezó a embestir despacio, mientras agarraba mi barbilla y me metía dos dedos en la boca pidiéndome que le chupara.

Mis tetas se movían con cada embestida, la camilla amenazaba con ceder ante nuestro peso, pero a él no le importaba esto último, estaba centrado en follarme hasta el fondo sin parar mientras disfrutaba de mis tetas moverse y mi cara sonrojada.

Quise quitar varias veces la mirada de la suya, pero me agarraba la cara para obligarme a volverla hacia él, “mi… ra… mé” gimoteaba entrando y saliendo de mi mientras mi coño le apretaba, sintiendo su carne moverse brusca y cálida.

Intenté aguantar los gemidos, principalmente chupándole los dedos pero al final opté por ponerme la mano en la boca a lo que él respondió sujetando mis manos y acercándose más a mi hasta que yo estaba completamente cedida por su peso.

“Quiero escucharte gemir en mi boca y ver tu cara cuando te corras con mi polla dentro de ti, llenándote entera”.

Puse los ojos en blanco sin poderlo evitar ante el placer que me proporcionaba su follada y sus palabras.

Cogió una de mis manos y la puso entre mis piernas, en mi coño “date más placer para mí”, y así, mientras él entraba y salía de mi interior, yo me masturbaba dándome placer con mi mano, acariciando mi clítoris en círculos, acelerando cada vez más hasta que la respiración se me aceleró, me contraje, y le apreté con mi coño corriéndome con él en mi interior. Pude ver luces centelleantes ante el orgasmo y como me costaba recuperar el aliento mientras él seguía bombeando dentro de mi cuerpo buscando ahora su propio placer.

Agarró mis tetas y arremetió con más fuerza entre mis piernas hasta que vi la expresión de su cara abandonar el control y ceder a la lujuria del placer. Con una mano en mis pechos y la otra sujetando mis piernas se tensó, arremetió en profundidad y desanimó los movimientos de su cuerpo dentro del mío.

Gruñía pegado a mi boca, mordiéndome el labio inferior, mientras yo sentía, incluso a través del plástico, como se corría y su semen me caldeaba mi interior.

Comenzó a besarme despacio, algo que no había hecho en todo momento, mientras salía de mi interior agarrándose el condón con una mano para que este no se saliera. Con cuidado abrí mis piernas y le abracé la cintura mientras seguimos besándonos durante unos minutos lentamente, normalizando nuestras respiraciones.

Cuando se apartó no pude evitar sonreír, gesto que me devolvió, y mientras me vestía en silencio me soltó una invitación para cenar ese mismo día.

Fin.

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